Ayer comenzó el mes de agosto, es un mes para mí muy
significativo, porque como mencioné en la serie anterior, es la cuenta
regresiva en una oportunidad de hacer un alto, a 10 días y tanto para
agradecer.
Comenzaba reflexionando sobre los dones recibidos de parte
de Dios, los cuales de primera mano, se reflejaban en mis padres. Son tantas
las cosas por las cuales agradecerles a ellos, a Adolfo y Ana María, son los
primeros en los cuales deposité una confianza ciega, donde me sentí protegido,
pero lo más importante amado.
Los relatos de cuando llegué al mundo, son cargados de la
emoción propia de ellos, nací el 11 de agosto de 1982 a las 14:30 en el Hospital
Santa Teresita. Pero ya desde antes, de nacer, era esperado con mucha emoción y
cariño. Si de algo no puedo dudar y jamás lo haré es de su amor.
Han sido casi 30 años de amor, de educación y formación, de
sorpresas, risas; no ha habido días negros o situaciones negativas. Siempre he
contado con su apoyo incondicional, siempre impulsándome a dar más allá de lo
mejor de mí mismo, permitiendo siempre superar mis propias expectativas y
permitirme crecer y madurar con toda la responsabilidad de la libertad.
Me lo han dado todo, pero me hicieron consciente del trabajo
para obtenerlo. Me formaron para ser abierto al mundo, pero siguiendo mi propia
estrella. Me enseñaron a perseguir mis sueños y a nunca derrotarme ante nada, a
siempre caminar con la cabeza levantada. También del trabajo arduo, de ser
honesto, de ser un caballero.
Claro, todo ello, lo sigo trabajando, porque no seré pieza
terminada nunca, siempre habrá aspectos para pulir y mejorar. Pero sé que
cuento con ellos hasta el final.
Gracias a ellos, también me regalaron una familia.
Papá y mamá, soy muy afortunado de tenerlos, le doy gracias
a Dios por el don de la vida, porque hemos pasado muchas cosas juntos y sé que
así seguirá siendo, aunque vengan cambios, siempre estaremos juntos.
¡Muchas gracias por estos 30 años llenos de amor y felicidad!
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