Aunque parezca una negación, es una afirmación. Es el sentir de las personas emprendedoras, seguras, firmes, dinámicas para las que el “no”, es una palabra ausente en su vocabulario. Para quienes la única forma de salir adelante es el trabajo arduo, cotidiano, honesto. Para quienes buscan construir y no destruir, dialogar y no confrontar. Para quienes han encontrado la verdadera libertad que sólo es posible si se vive con paz interior.
viernes, 23 de mayo de 2014
domingo, 18 de mayo de 2014
Quiero ver al Padre
En nuestro camino de la Pascua, llegamos al V Domingo de
Pascua (Jn 14, 1 – 12) y tenemos la inquietud de ver al Padre.
“Jesús dijo a
sus discípulos: "No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. En
la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría
dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. Y cuando haya ido y les haya
preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde
yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino del lugar adonde
voy".
Tomás le dijo:
"Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?". Jesús
le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre,
sino por mí." Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya
desde ahora lo conocen y lo han visto". Felipe le dijo: "Señor,
muéstranos al Padre y eso nos basta".
Jesús le respondió:
"Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me
conocen? El que me ha visto, ha visto al Padre. ¿Cómo dices: 'Muéstranos al
Padre'? ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las
palabras que digo no son mías: el Padre que habita en mí es el que hace las
obras.
Créanme: yo
estoy en el Padre y el Padre está en mí. Créanlo, al menos, por las obras. Les
aseguro que el que cree en mí hará también las obras que yo hago, y aún mayores,
porque yo me voy al Padre”.
Uno de los grandes anhelos es conocer al Padre, si bien,
nuestra vida necesariamente nos conducirá al Padre, queremos tener una idea de
cómo será ese momento, cómo será ver al Padre. Dudamos mucho de la providencia
porque no lo vemos, sin embargo, Cristo nos muestra al Padre.
Qué increíble escena describía el Cardenal Albino Luciani,
en la casa del Padre, están en la mesa todas nuestras fotos, y cuando Dios está
ahí, Él las ve y se acuerda de cada uno, a cada uno le piensa con amor, a cada
uno lo ama. Por eso la analogía que hace Cristo de la casa del Padre, nos
permite comprender que en una de esas habitaciones está nuestro nombre en la
puerta y que nos está esperando para habitar para siempre en ella.
Pero qué pasa, al ser nosotros llamados a ser otros Cristos,
si bien, nosotros podemos ver al Padre por Jesucristo, también los demás
pudieran ver al Padre a través nuestro. ¿Qué hacemos en nuestra vida? El ideal
es que nosotros podamos ser puente y camino para que otros vean al Padre y no
por presunción, sino por nuestro obrar, las palabras mueven, pero el testimonio
arrastra.
Hoy la palabra secreta es la coherencia, vivir de acuerdo a
lo que predicamos, a nuestro testimonio, a nuestra experiencia de Jesucristo.
La Pascua es un periodo extraordinario para tener ese encuentro, para vivir en
plenitud con el resucitado.
Quiero ver al Padre, la fórmula correcta es seguir a Cristo,
quien es el Camino, la Verdad y la Vida, a Él es al único que debemos imitar,
seguir, los demás son falsos ídolos que se presentan como oportunistas en la
vida, quien quieren a través de engaños y mentiras estafarnos, vendiendo una
falsa salvación o un falso camino. Yo sólo quiero ver al Padre y yo sólo quiero
ayudar a otros, no estorbando, para que lo vean también.
viernes, 9 de mayo de 2014
domingo, 20 de abril de 2014
El sepulcro está vacío
¡Felices Pascuas! El Señor ha resucitado, en el Domingo de
Pascua de la Resurrección (Jn 20, 1 – 9) encontramos la mejor noticia, el
sepulcro está vacío.
“El primer día de la semana, de madrugada, cuando
todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra
había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al
que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no
sabemos dónde lo han puesto”. Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al
sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió
más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas
en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró
en el sepulcro: vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había
cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar
aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado
antes al sepulcro: él también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que,
según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”.
Qué gran día para resucitar con Cristo, la Pascua nos da esa
nueva oportunidad. Cristo nos marca la primicia para poder resucitar con Él,
qué quiero decir, sencillamente que hemos pasado la Semana Mayor, la cual nos
debió permitir ir preparando la muerte de todo aquello que nos estorba,
lastima, duele, entristece para colocarlo en la cruz y dejar que ahí perezca.
Si lo logramos hacer, hoy es el día para resucitar con nuevos bríos, con nueva
esperanza, pero lo más importante llenos de Jesús.
El domingo día de la resurrección, acudimos a ver el
sepulcro, porque pensamos que ahí sigue Jesús, vamos con un gran dolor, sin
realmente tener la fe o la esperanza en que no estará ahí. Nuestra vida
transcurre en ello, vivimos camino al sepulcro, vamos tristes, no tenemos ya
razones para vivir, pero lo más cruel del caso es que ni siquiera nos atrevemos
a ir directo al sepulcro para ver el gran milagro, Cristo resucitó y ya no está
ahí, está más vivo que nunca.
El siguiente paso para aprender a vivir la felicidad del
resucitado es no quedarnos expectantes pensando en que se han robado al Señor,
ello se traduce en que pensamos que nos han robado nuestra vida, nuestras ilusiones,
cuando no es así, podemos correr para buscarle, para encontrar los restos, para
recuperar las vendas y el sudario que quedaron ahí y vivir del recuerdo. Pero
eso nos limita muchísimo nuestra vida, no nos deja ir más allá.
Cuando recordamos el verdadero sentido de la vida, nos damos
cuenta, tenemos que morir y resucitar, tenemos que vencer al hombre viejo para
dar cabida al hombre nuevo, al resucitado como Jesús, quien es el dueño de la
vida y que ha vencido al mundo.
Domingo de resurrección es un excelente momento para
reiniciar nuestra vida, si nos sentimos atorados, perdidos o sumergidos en una
inmensa depresión. Creamos en quien ha vencido al mundo y quiere darnos vida y
vida en abundancia y plenitud, creamos en quien nos dará la felicidad plena, basada
en el único y eterno amor, el de Padre que transmite a través del Hijo y de la
unión vendrá el Paráclito.
martes, 15 de abril de 2014
domingo, 6 de abril de 2014
Retiro del 24 de marzo en la Rectoría San José
¡Venga Tu Reino!
Adolfo Ruiz Guzmán
24 de marzo de 2014
Retiro
Rectoría
San José
La Cuaresma Transfigurante
Introducción
Agradezco mucho la invitación del P. Felipe, pastor de esta Rectoria San José, para poder encontrarnos en este pequeño
compartir que tenemos la oportunidad de tener a medio camino de la Cuaresma.
A estas alturas el caminar nos
ha llevado a reflexionar sobre cómo quiero vivir y
orientar mi vida de cara a la Pasión, Muerte y
Resurrección de nuestro Señor pero cómo me ha transfigurado, es decir, cómo
ha tocado mi vida ese encuentro.
Por ello, el tema de nuestro
pequeño retiro, la Cuaresma Transfigurante, porque de la vivencia de
nuestra Cuaresma, dependerá
que lleguemos a la Pascua con Cristo.
Vamos a comenzar nuestro pequeño retiro, quiero que se sientan en confianza, en libertad, pero lo
más importante, que se dejen tocar por el Señor, no por las pobres palabras de su servidor, sino que sea el
mismo Cristo quién abra su corazón para aprovechar este encuentro.
Brevemente, les comento nuestro
esquema de trabajo. Tendremos ahora un momento de oración intensa, donde meditáremos un texto del
Evangelio, les brindaré
algunos puntos para la reflexión personal y una vez terminado este momento tendremos un poco de
tiempo libre para continuar con una pequeña
charla.
Si les parece bien, vamos a
iniciar y les pediré
que pongan su mente en blanco, si les ayuda, utilicen
algún método de respiración para poder
relajarse y que todo aquello que les preocupa, les inquieta, se quede fuera,
porque ahora será
un momento de intimidad entre mi Creador y yo, su
creatura. Se podrá
caer el mundo, pero no importa porque estoy con Él.
Calentamiento previo
Siempre es importante, realizar
un pequeño ejercicio de calentamiento, para no entrar en frío, les propongo una oración
de San Ignacio de Loyola que por obvias razones los jesuitas recitan previo a
tener su meditación. La diré
despacio para poder saborearla y hacerla nuestra.
Señor,
de verdad deseo prepararme bien para
este momento, deseo
profundamente que todo mi
ser esté atento y dispuesto para Ti.
Ayúdame
a clarificar mis intenciones.
Tengo tantos deseos
contradictorios...
Me preocupo por cosas que ni
importan ni son
duraderas. Pero sé que si te entrego mi corazón
haga lo que haga seguiré a mi nuevo corazón.
En todo lo que hoy soy, en todo
lo que intente
hacer, en mis encuentros,
reflexiones, incluso
en las frustraciones y fallos
y sobre todo en este rato de
oración,
en todo ello, haz que ponga mi
vida en tus manos.
Señor,
soy todo tuyo. Haz de mí
lo que Tú quieras.
Amén.
Texto Evangélico
Una vez dados los ejercicios de
calentamiento, dispongámonos a meditar el texto Evangélico
(Jn 6, 1 –
15).
Después
de esto, se fue Jesús a la otra ribera del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente le seguía
porque veían las señales que realizaba en los enfermos. Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos. Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos.
Al levantar Jesús los ojos y ver que venía
hacia él mucha gente, dice a Felipe: “¿Dónde vamos a
comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él
sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó:
“Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un
poco”.
Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: “Aquí
hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos
peces; pero ¿qué
es eso para tantos?”
Dijo Jesús: “Haced que se recueste la gente”. Había en el lugar mucha hierba. Se recostaron, pues, los hombres en número de unos 5.000. Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias,
los repartió
entre los que estaban recostados y lo mismo los
peces, todo lo que quisieron.
Cuando se saciaron, dice a sus
discípulos: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Los recogieron, pues, y llenaron
doce canastos con los trozos de los cinco panes de cebada que sobraron a los
que habían comido.
Al ver la gente la señal que había realizado, decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo” Dándose
cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerle
rey, huyó
de nuevo al monte él
solo.
Jesús no se cansa de retarnos
Siempre es importante que nos
situemos en la escena evangélica para
poder contextualizar los elementos principales y cosas que no alcanzamos a
percibir. Tuve hace muchos años la
oportunidad de ir a ese lugar a orillas del Lago de Tiberíades, y experimentar la necesidad
de Dios.
Tomemos un momento para meditar
cuántas veces
hemos tenido esa necesidad tan grande de encontrar respuestas a tantas y tantas
interrogantes que tenemos en nuestra vida, pero también cuando nos hemos sentido sin esperanza o que estamos en un
callejón sin
salida.
Por eso la gente quería acercarse al Señor como relata el pasaje evangélico. Jesús se compadece y se hace cercano,
pero además nos regala
el poder contemplar señales
prodigiosas para que para nosotros, hombres incrédulos le creamos.
Ese encuentro no puede quedar
esteril, está llamado a
dar más porque Jesús no se cansa de retarnos y no lo
hará. Por eso si
recordamos el pasaje del Evangelio, le pregunta a Felipe, “¿dónde vamos a
comprar panes para que coman éstos?” Se lo decía para probarle, porque él
sabía lo que iba a hacer. Felipe le contestó:
“Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un
poco”.
La respuesta de uno de los apóstoles, refleja la falta de
confianza que tenemos en el Señor, justo ya había visto
algunos de los milagros que había realizado Cristo, pero aun así la respuesta devasta al Señor. Doscientos denarios de pan no bastan…
Qué gran ocasión es la
Cuaresma, para poder ir de la mano con el Señor para realizar un profundo análisis de nuestra vivencia de fe. La fe no es sencilla vivirla,
transmitirla o experimentarla, requiere años y años de
preparación, de
meditación, pero lo más importante de confianza. La
respuesta del hombre a Dios dependerá de la fe que tengamos en Él.
Cinco panes y dos peces
La respuesta de Andrés fue totalmente diferente, fue de
confianza en el Señor, pero
conociendo las limitaciones humanas. Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes y dos peces.
Es todo lo que tengo, es toda
mi humanidad, pero lo pongo a tu disposición para que tú seas quien
sea capaz de transformarlo, pero lo más importante, que lo transfigure. Cuando dejamos a Dios actuar en
nuestras vidas es posible que a través nuestro obre milagros.
El texto es muy preciso, habla
que había más de 5,000 personas, a todos y
cada uno de ellos Jesús les sació su hambre, no sólo física, sino espiritual, que es más fuerte incluso que la física.
Para que no se pierda
nada
El texto cierra con una frase
que siempre me ha dejado pensando, que me invita a la reflexión: “Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda”. Después del milagro que hizo Jesús, cuando alimentó a 5,000 personas, con pescado y pan, todavía tuvo el detalle de recoger todos
los trozos sobrantes, pero en especial para que nada se pierda.
El texto continúa “los recogieron, pues, y llenaron doce canastos con los trozos de
los cinco panes de cebada que sobraron a los que habían
comido”. El chico
del texto puso todo lo que tenía para que el Hijo de Dios, Dios mismo pudiera obrar el milagro.
Dios aún con su plenipotencia, requiere de nosotros, necesita nuestra ayuda
para poder obrar sus milagros, para poder llevar a otros la buena nueva, quiere
que le demos nuestros cinco panes y dos peces y Él se encargará de todo.
Por ello, requerimos salir
transfigurados de la Cuaresma, para vivir la Pascua eterna.
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