domingo, 31 de agosto de 2014

¡Muchas gracias!



Hace algunos años comencé a compartir diversas reflexiones sobre diferentes temas, abrí el espacio para expresar lo que tenía en la mente, pero sobre todo en el corazón, fueron tantas y tantas aventuras, tantas letras, frases y párrafos.

Creo que después de muchos años, es tiempo de decir hasta pronto y bajar por ahora la cortina, no sin antes expresar un agradecimiento a todos quienes amablemente hicieron favor de leerlo y en todavía mayor quien me regalaba una palabra de retroalimentación.

Nuestro lenguaje es tan rico, que permite tener expresiones como hasta pronto, porque no es un adiós, no es una despedida, sino que abre la oportunidad de seguir compartiendo en otras aventuras y en otros momentos.

Nuevamente gracias a todos quienes han sido parte de esta aventura llamada: ¡No, cómo no!

¡Hasta pronto!

domingo, 20 de julio de 2014

La cizaña

El XVI Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 13, 24 – 43), Cristo nos hace una gran invitación.

Jesús propuso a la gente otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras todos dormían vino su enemigo, sembró cizaña en medio del trigo y se fue. Cuando creció el trigo y aparecieron las espigas, también apareció la cizaña.
Los peones fueron a ver entonces al propietario y le dijeron: 'Señor, ¿no habías sembrado buena semilla en tu campo? ¿Cómo es que ahora hay cizaña en él?' Él les respondió: 'Esto lo ha hecho algún enemigo'. Los peones replicaron: '¿Quieres que vayamos a arrancarla?' 'No, les dijo el dueño, porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo.
Dejen que crezcan juntos hasta la cosecha, y entonces diré a los cosechadores: Arranquen primero la cizaña y átenla en manojos para quemarla, y luego recojan el trigo en mi granero'".
También les propuso otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo.
En realidad, esta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas".
Después les dijo esta otra parábola: "El Reino de los Cielos se parece a un poco de levadura que una mujer mezcla con gran cantidad de harina, hasta que fermenta toda la masa". Todo esto lo decía Jesús a la muchedumbre por medio de parábolas, y no les hablaba sin parábolas, para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Hablaré en parábolas, anunciaré cosas que estaban ocultas desde la creación del mundo.
Entonces, dejando a la multitud, Jesús regresó a la casa; sus discípulos se acercaron y le dijeron: "Explícanos la parábola de la cizaña en el campo".
Él les respondió: "El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al Reino; la cizaña son los que pertenecen al Maligno, y el enemigo que la siembra es el demonio; la cosecha es el fin del mundo y los cosechadores son los ángeles.
Así como se arranca la cizaña y se la quema en el fuego, de la misma manera sucederá al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y estos quitarán de su Reino todos los escándalos y a los que hicieron el mal, y los arrojarán en el horno ardiente: allí habrá llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el Reino de su Padre. ¡El que tenga oídos, que oiga!"
La forma didáctica de Jesús de enseñar, hace posible hacer más cercanos los misterios del Reino de los Cielos, las parábolas nos permiten comprender a través de pequeños ejemplos la forma en la cual debemos vivir de cara a Dios y con ello, instaurar el Reino del amor.

En el presente Evangelio, nos hace un llamado muy poderoso, a cuidar la forma en la cual permitimos a los otros crecer, madurar y dar fruto, pero lo más importante, a no ser responsables del ahogamiento de otros, es decir, a no ser cizaña.

Cada uno de nosotros es una semilla, pero no cualquier tipo, sino una muy querida por Dios, la cual es sembrada para dar fruto, para que otros puedan admirar la habilidad del sembrador y la grandeza del mismo a través de su cosecha, no por la planta el sí.

Todos estamos a dar fruto, todos queremos crecer y madurar, buscamos nuestro propia felicidad, todo ello es noble, es válido, pero todo a costa de qué precio. Somos capaces de vivir en armonía con todos quienes me rodean, sé vivir en el amor y doy amor o por el contrario soy como la cizaña que ahoga a todos a mi entorno, que los exprimo, que los aplasto y que no los dejo dar fruto.

La advertencia es muy clara, ahora puede ser que no experimentemos remordimiento alguno, pero vendrá el tiempo de la cosecha y se nos juzgará en la medida del amor, en la forma en la cual amamos y la forma en que nos conducimos dentro del campo.

Un ejemplo más, estamos llamados a ser levadura, la función de esta es dar cuerpo, sustento, forma, pero si lo pasamos a otro campo, podríamos decir, hablaríamos de dar contenido. La levadura se torna un ingrediente fundamental en la elaboración de los panes, pero también estamos llamados a ayudar a otros, a que a partir de nuestra forma de ser, demos cuerpo, sustento, forma, contenido no de nosotros, sino de quien nos ha formado para dar sustento al mundo.

Grandes retos se nos presentan, porque no estamos llamados a sólo cumplir los mandamientos y la ley por hacerlo, sino a amar, a ayudar a otros en sus procesos e incluso a instruirles en el amor, pero lo más importante, a que se sientan amados.

El amor por tanto será el elemento diferenciador cuando llegue el sembrador, si dimos amor, crecerá la cosecha, su damos amor, el van a tener cuerpo, forma y sustento.

domingo, 13 de julio de 2014

Sin desperdicio

El Ciclo Litúrgico nos va llevando poco a poco a descubrir los planes y proyectos de Dios para nuestras vidas, en el XV Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 13, 1 – 23) Jesús nos hablará del tipo de semillas que busca para su Reino.

“Aquel día, Jesús salió de la casa y se sentó a orillas del mar. Una gran multitud se reunió junto a él, de manera que debió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la multitud permanecía en la costa.
Entonces él les habló extensamente por medio de parábolas. Les decía: "El sembrador salió a sembrar. Al esparcir las semillas, algunas cayeron al borde del camino y los pájaros las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y brotaron en seguida, porque la tierra era poco profunda; pero cuando salió el sol, se quemaron y, por falta de raíz, se secaron. Otras cayeron entre espinas, y estas, al crecer, las ahogaron. Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta. ¡El que tenga oídos, que oiga!".
Los discípulos se acercaron y le dijeron: "¿Por qué les hablas por medio de parábolas?". Él les respondió: "A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene.
Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden. Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán. Porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure.
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron; oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.
Escuchen, entonces, lo que significa la parábola del sembrador. Cuando alguien oye la Palabra del Reino y no la comprende, viene el Maligno y arrebata lo que había sido sembrado en su corazón: este es el que recibió la semilla al borde del camino.
El que la recibe en terreno pedregoso es el hombre que, al escuchar la Palabra, la acepta en seguida con alegría, pero no la deja echar raíces, porque es inconstante: en cuanto sobreviene una tribulación o una persecución a causa de la Palabra, inmediatamente sucumbe.
El que recibe la semilla entre espinas es el hombre que escucha la Palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas la ahogan, y no puede dar fruto. Y el que la recibe en tierra fértil es el hombre que escucha la Palabra y la comprende. Este produce fruto, ya sea cien, ya sesenta, ya treinta por uno".
Cuando escucho el Evangelio anterior, necesariamente me invita a meditar en cómo el Señor no desperdicia absolutamente nada, si bien reparte a todos por igual, no todos lo aprovechamos de la misma medida.

La Palabra de Dios debemos aprender que es viva y eficaz, es capaz de transformarnos desde lo más íntimo y profundo pero si estamos abiertos a escucharla, a ponerla en práctica, pero lo más importante a vivirla.

Para nosotros, a tantos años de distancia, es cada vez más complicado aprender a ser semilla, si bien, Dios quiere sembrarnos a todos, también quiere recibir fruto de lo que Él mismo ha cosechado. En este análisis pudiéramos caer en la tentación de señalar a quien por alguna circunstancia no dio el mismo fruto que yo, cuando olvido que no es por gracia o por mérito mío sino del sembrador.

Por eso, todo en el proyecto de Dios es sin desperdicio, cada elemento que Dios quiso sembrar y a nuestros ojos no rindió lo suficiente, a lo mejor fue lo más grande que y sobre pasó las expectativas del Sembrador.

Al final, lo más importante es preguntarnos si estamos siendo sembrados con lo más importante, con el amor, el amor a los semejantes, a nuestros cercanos y a nuestra familia, si estamos contribuyendo a que otros crezcan o los estamos ahogando.

Gran reto el ser dócil al proyecto de Dios, gran reto es tomar conciencia de nuestro papel, mínimo dentro del jardín del Sembrador, cada uno de nosotros es una pieza hermosa, diferente, pero que es cuidada y querida por Dios. Cada uno tendrá y le llegará la hora para dar a esplendor su fruto.